Los niños de Alfdorf

Un domingo de febrero, me encontré conmigo mismo. Ya era tarde y hacia frío, estaba solo y pensativo.

Había ido de visita con la hermana de mi madre, que vive en un pequeño pueblo de Alemania. Me sentía muy bien al estar en familia, justo en medio de un periodo lejos de mi casa. Comer comida de mamá con las recetas de la abuela, las preguntas infinitas de mis primos, las conversaciones con mis tíos y conocer por fin ese país tan frío.

Alemania me sonaba a ingeniería, a sufrimiento, guerras y a que era un lugar con pocas risas. Aun teniendo amigos alemanes y siendo parte de una generación con mucho acceso a información, seguía presente el estereotipo en mi cabeza y andaba por la calle pensando en que no quería romper alguna regla, ni faltar al respeto a su cultura.

Cuando fuimos el domingo a misa, hubo una serie de detalles que me hicieron pensar y encontrar en las personas que habían ahí, cosas muy interesantes. Probablemente no me entere mucho de lo que hablaba el padre en su idioma, pero como estaba comenzando la cuaresma, me había propuesto esforzarme por estar atento en la celebración.

Recordé que había aprendido en la Universidad que un gran porcentaje de lo que transmitimos, no tiene que ver únicamente con lo que sale de nuestras bocas. Y con ese planteamiento trate de encontrar algo interesante:

Predominaba la tercera edad, se veían muy pocas familias jóvenes y contándome a mi, habrían dos o tres entre los 18 y 30 años. Vestían muy elegantes y no se quitaron el abrigo, me sentía entre gente amable, pero no tenían cara de tener muchos amigos.

Pero no todo era seriedad, había un grupo de unos ocho niños, que estaban disfrazados para caracterizar las lecturas y cantar. Eran el centro de atención, sus padres estaban orgullosos, se veían felices y los más viejos (por muy pesada que tuvieran la mirada), no podían evitar sonreír.

Podría pensar que los niños son graciosos porque no saben lo que hacen y su inocencia, al toparse con nuestra experiencia, nos hace ver muchos errores que cometen sin querer.

Pero… ¿Quién puede asegurar que sabe lo que hace? ¿Quién sabe con seguridad a dónde va?

Me pareció ver en esos niños unas ganas inmensas de agradar a sus padres y hacer un buen papel. Muchas veces se sentían muy asustados y pedían ayuda para que les recordaran lo que tenían que hacer. Y también en muchas ocasiones desbordaban alegría y saludaban felices a sus familiares en las gradas, haciéndoles ver que ahí estaban para ellos, porque ellos los habían querido ahí.

Seguramente para esa hora de protagonismo, invirtieron algunas cuantas para ensayar, restando horas al Internet, los videojuegos o la televisión. Algo les habrá costado y era el momento de demostrar que había valido la pena.

Lo que aprendí:

Me pareció encontrar una sencilla y precisamente por eso, una gran similitud con lo que tratamos de hacer quienes creemos en Dios. Pero como creemos que sabemos tantas cosas, dejamos de vivirlo con sencillez y humildad. Se nos olvida que estamos muy lejos de sabernos perfectamente el guión y andamos por la vida queriendo ser nosotros los que dirijamos la obra completa. Nos da vergüenza pedirle ayuda, porque sabemos que le hemos fallado y no hemos tenido cara para pedirle perdón. Nos alegramos cuando nos ve otra gente que hemos conseguido cosas que ellos aun no logran. Y se nos olvida que queremos alegrar a Dios y que fue Él quien nos trajo aquí.

Tal vez no es tan complicado… Hay que saber cual es nuestro papel.

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